Dedicatoria

10 agosto 2012

Hace poco, en uno de esos mercadillos de antigüedades y cosas viejas de los domingos, cerca de Père-Lachaise, compré un libro por la simbólica suma de 25 céntimos de euro. Prácticamente un regalo. El libro: “Sur Clausewitz” del maestro Raymond Aron.  Era evidentemente una edición antigua de hojas amarillas y con algunos pasajes subrayados. Parecía de alguien que lo había leído y lo había trabajado concienzudamente.   Pero lo que realmente me sorprendió, con a penas haberle echado una ojeada ligera mientras iba camino a mi casa, fue que en su segunda hoja había una dedicatoria:

“Paris, 22-11-89.

Pour Amédée, un texte que tu connais déjà.

avec estime

Guillaume”

Eso me hizo pensar y preguntarme muchas cosas, entre otras ¿por qué razón una persona abandona un libro que le ha sido dedicado? ¿Acaso un libro con una seña tejida a mano sobre el papel, no lo hace único?  También me hace pensar en las vueltas que tuvo que dar ese libro para caer en mis manos.  Un libro que hace más de veinte años ocupaba un lugar en la biblioteca de alguien, en este caso de un tal Amédée y ahora, de repente, se encuentra en un pequeño mercado de las pulgas sobre la acera de una calle de París, acompañado de otros tantos libros quizás con tantas otras dedicatorias en su interior, un libro abandonado por su dueño o extraviado en algún momento repentino, un libro que extrañamente ahora es mio; ese libro tiene una historia y comienza con esa dedicatoria de caligrafía tan francesas  que lleva la marca de algo que parece un simple homenaje y que jamás descifraré. ¿Sabrá Amédée, que ese libro que le fue regalado para una ocasión especial, quizás, o simplemente como una cortesía,  en ese otoño del 89, se vendía a 25 céntimos en ese mercado? No lo creo, quizás Amédée ya no existe, como puede que no existe su biblioteca; lo que realmente queda es esa dedicatoria, que a la vez es lo único que realmente no me pertenece y lo único que en su extrañeza me es ahora auténtico.

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Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan

21 abril 2012

III. El Azar

A Gilles Deleuze le importaba el azar.  Le interesaba escudriñar entre los trazos más nobles de la realidad, esos que no puede medir el tiempo.  He ahí su fijación por la imagen, y su adoración por la que sería su película favorita de la nouvelle vague, esa obra maestra de Éric Rohmer llamada “ma nuit chez Maud”. Allí Rohmer dibujaba, en su estructura, ese pensamiento sin imagen, en donde el tiempo y el azar son fundamentales.    Su personaje favorito era Maud, porque estaba dispuesta a jugarlo todo por amor. Maud, temerosa, pero dispuesta a todo lo posible,  invita a ese joven ingeniero, interpretado por Tringtinant, a pasar la noche con él.   Contrario a lo esperado, él se rehúsa, ¿por qué? porque Maud no representa el ideal de mujer que tiene en mente.  Eso es el azar, el riesgo del pensamiento; antes de la identidad está la diferencia y la repetición.

Deleuze dictaba sus famosos cursos en Saint Denis, en donde podía sacar de clase a un estudiante que no estuviera atento o discutir horas alrededor de una pregunta intempestiva que lo sacara de su órbita académica.  Le gustaba caminar por el bois de vincennes y sentarse en algún banco con alguno de sus estudiantes y hablar de la vida “hay vidas en las que las dificultades alcanzan el prodigio” decía; Quizás no sea una mera casualidad que su último artículo, “La inmanencia : una vida”,  tan incomprensible (para mi) como muchos otros, hablara de eso precisamente,  de la necesidad premeditada de vivir porque si, del campo trascendental, de la inmanencia del sujeto. Claramente no lo entendí.  Hablaba del hombre y su relación con las creaciones de la vida, como la escritura,  el pensamiento, la mente “ la vergüenza de ser un hombre ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir?” se preguntaba en ese breve ensayo titulado “la literatura y la vida”.  Para él eso era el hombre, una vergüenza, por eso no valía la pena vivir más allá de lo que el azar le deparara, el azar que podía acabar con el mundo, con una especie, por eso el pensamiento ( “el cerebro no es una materia enraizada ni ramificada” escribe en “mil mesetas”), por eso la imagen, por eso el delirio, ¿qué era la literatura para él? sino un delirio, el paso de la vida al lenguaje, decía.

Sus estudiantes cuentan que usaba las uñas largas, que tenía un aire desaliñado, como de detective privado; yo lo imagino como el Philip Marlowe de Raymond Chandler o como cualquiera de los “duros” detectives creados por Dashiell Hammett, como Sam Spade, con gabardina y sombrero, mirada cínica,  seductor, pero al mismo tiempo despreocupado de toda estética mundana.  Igual su imagen era otra, quizás él mismo era un ejemplo de su propia filosofía, de su propio rizoma.  No le gustaba dar conferencias en el extranjero, pero decía que desde su oficina podía viajar a cualquier lado.  El sabía que al final eso era la vida, un viaje de imágenes, de creaciones, de pensamientos.  Todo, al final,  son suposiciones; eso también es la vida.  Deleuze comentó alguna vez a uno de sus estudiantes que la única conclusión lógica de la existencia era el suicidio “el supremo gesto de rebelión contra las leyes de la necesidad”.  El 4 de noviembre de 1995, desde la ventana de su casa, en el 84 avenue Niel en el distrito 17 de París, Gilles Deleuze, a sus 70 años, convencido que carecía de sentido morir en una cama, tuvo la potencia de saltar.  

De la fealdad I

3 marzo 2012

Hace algunos días se llevó a cabo uno de los eventos más importantes para el mundo de la estética y la farándula. Quizás tan importante como la pasarela Cibeles en Madrid, o los desfiles de moda en París. Se trataba nada menos y nada más que del reinado de los feos en Rionegro, Antioquia.  Por segunda vez consecutiva y en un duelo fantástico, en donde hasta el último segundo se mantuvo el suspenso por quién sería el ganador, el “Carepalmada” sacó la cara y  le arrebató el título de hombre más feo del mundo a “king kong”.    La noticia, evidentemente,  me causó cierta curiosidad y cierta envida también. Porque los feos también tenemos derecho a salir del anonimato y mucho más si es a través de  un concurso de semejante trascendencia; realmente espero, con ansia, poder participar en el próximo evento y convencer a algunos amigos, que con toda seguridad también estarán interesados en proyectarse como nuevas figuras y salir de la clandestinidad, a acompañarme, o que lo diga el Carenalga y el Cabeza de puntilla, que desde acá aprovecho y les envío un gran saludo allá en esa patria de gente fea y orgullosa de serlo.

Pero bueno, tocando el tema que me interesa, que no es el concurso en si, sino el concepto del concurso, es decir, la fealdad, es interesante constatar que la belleza primero nace del reconocimiento de si mismo como feo o como bello.  Pero ¿qué es lo feo y qué es lo bello? ¿Dónde empieza lo feo y en dónde lo bello? Un feo es feo aquí y en Funza, eso si es cierto, en cambio la estigmatización es otra cosa, esa  ya no es de corte espacial, sino más bien de corte jerárquico. A partir del siglo XIX, hay un cambio importante en la elaboración estética de lo que es bello y que no proviene, precisamente, del concepto propio de belleza, que ya calaba en la cabeza de las élites de entonces, sino de una exigencia social. « Desaparecida la sociedad de castas, las apariencias se multiplican » dice el historiador  George Vigarello. Es decir, ¿por qué un feo no es reconocido socialmente, sino estigmatizado? todo lo contrario a lo que sucede con la simetría griega de los bonitos.  La respuesta es más que evidente: porque los bonitos, que son una especie privilegiada y por lo tanto minoritaria en los diferentes países, suelen volcar sobre el feo la impronta de su diferencia.   ¿Quiénes son los bonitos en países como Colombia? Pues los ricos, la clase alta es bonita y si nacen feos pues se visten bien, así funciona, a los feos nos toca conformarnos con  lograr pasar desapercibidos en medio de esa élite, con ser su punto de referencia para la diferencia.  Soy un resentido, ya lo se.

Vigarello comenta que en el diario satírico Le Charivari dice de un personaje que “sus grasas relucientes se exponen al sol sin tener conciencia del rechazo del otro”. En la revista La Vie Parisienne escriben que “la señorita X, que era la reina del baile cuando se paseaba en los salones, no es para nada bella en la playa”. Los cuerpos exhibidos, nos dice Vigarello, vituperados, se convierten en causa de burlas. Razón por la cual la presión por afinar la silueta se vuelve más persistente.  Es la burla la que obliga a los feos a querer ser bonitos. ¿Por qué? ¿Por qué un feo no tiene derecho a ser feo? Quizás sea eso lo  más interesante del concurso que vio coronarse a “carepalmada” (con sobrados atributos para llevarse la corona),  que resalta la fealdad como otra virtud, como la misma belleza, y no como algo que se oculta, que se estigmatiza, que se ataca.  Por eso proclamo: Feos y feas del mundo unios! que somos más, se los aseguro.

Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan

8 febrero 2012

II. Un hombre solo

Diez días antes de que un pescador encontrara su cadáver flotando 10kms abajo del puente Mirabeau en París, Paul Celan había dejado abierta, sobre su escritorio en la habitación de la Rue Tournefort, en pleno barrio latino, una biografía de Hölderlin en la que sobresalía un pasaje subrayado: “A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón”.

Paul celan quizás siempre se sintió solo, incomprendido.  A pesar de que al final de su vida logró vivir cómodamente como lector de alemán de École Normal supérieure en París y había  adquirido cierto reconocimiento como poeta judío en toda Europa y en Israel, la soledad que llevaba adentro desde su infancia lo fue carcomiendo hasta su muerte.   Desde un comienzo tuvo que vivir bajo el sesgo de la pobreza y el rechazo. Se culpó durante toda su vida de haber dejado abandonados a sus padres, cuando en 1942 y tras el asedio nazi su madre y su padre no quisieron esconderse en una antigua fábrica para evitar la deportación.  Días después recibió una carta de su madre en donde le contaba la muerte de su padre confinado a trabajos forzosos en un campo de concentración al sur de Czernowitz, Ucrania.  Su tristeza no terminó allí, meses más tarde, mientras traducía (en el poco tiempo libre que tenía en el gueto judío) a Shakespeare del inglés al alemán, se enteró que su madre había recibido un disparo en la nuca en una de las tantas infamias que traería la guerra.

¿Qué sería, madre, estirón o llaga,

si yo también me hubiera hundido en la nieve de

Ucrania?

Escribió el poeta imaginando el dolor sobre la nieve y el momento ciego de la muerte.  Al finalizar la guerra Paul Celan atravesó toda Hungría para llegar a Viena, en donde quería despegar como escritor y traductor.  No le fue bien. Su vida de peregrinar lo llevó, entonces, a París, en donde había estado cuando era adolescente y en donde creía que  un judío como él sería mejor recibido.  Pasó hambre, frío, humillaciones, hasta que logró vivir de pequeñas traducciones y clases de idiomas, mientras trataba de que en otros países, como Alemania, su nombre empezara a sonar como poeta de los judíos.  Se casó en 1952 con Gisèle de Lestrange cuyos padres eran pertenecientes de la nobleza francesa y que jamás vieron con gran agrado que su hija se casara con un judío pobre.  Su primer hijo murió recién nacido, y la tristeza en los ojos de Celan sería de ahí en adelante ya parte de su vida.  Continuó escribiendo en Alemán, pues a pesar de que era el idioma verdugo de sus padres, era su primera lengua, la lengua de la poesía.  Pero todo, dentro de él, continuó mal, entró en un estado depresivo que lo confinó en un hospital psiquiátrico por un tiempo y en donde se separó de su familia durante más de dos años. Allí recibió toda clase de tratamientos médicos incluso los electro-chocks.   Tiempo después de aquellos turbios años,  su prestigio como escritor fue creciendo: en 1967 el Times literary Supplement se refirió a Paul Celan como “uno de los escasos grandes poetas religiosos de nuestro tiempo”. Viajó a Alemania en donde presentó sus poemas y en donde conoció a Heidegger. El autor de ¿qué significa pensar? Era uno de los grande enigmas de Paul Celan, su curiosidad por saber las razones de Heidegger para apoyar la atrocidad nazi, lo convenció de aceptar una pequeña excursión por la Selva Negra de la mano del gran filósofo.  No obtendría ninguna respuesta.  Nada le traía alegría, nada parecía llenar ese hondo precipicio que parecía su vida; ni su viaje a Israel,  que tanto anheló, ni el trozo de tarta que una mujer anciana, en Belén, le dio como obsequio, la misma tarta que en su infancia le daba su Madre.

Al llegar a París ya nada tenía sentido. Su último libro en vida “Tiempo Cercado” traslucía un aire fúnebre, la mayoría de sus poemas trataban sobre la soledad.  En una última charla, en la asociación de escritores hebreos confesó: “Creo entender lo que puede ser la soledad judía”. Salió de su casa un día en la primavera de 1970, bajó por toda la rue Tournefort, hasta llegar a la rue Gay-lussac, luego bajaría por todo el Boulevard Saint Michelle y fue bordeando el río mientras miraba el agua turbia y el horizonte de puentes que estaban por venir.  Se detuvo un instante en el quai Branly en donde se dio cuenta que había caminado por más de 40min y que su casa se encontraba ya muy lejos, también, tal vez, pensó por un instante en su esposa, en su hijo y en su vida fantasmal en Rumania y Viena.  Al llegar al puente Mirabeau que atraviesa el Sena del costado occidental de la ciudad,  miró con melancolía por última vez el río, levantó la cabeza, vio el esplendor de París, de la Tour Eiffel, quizás  también recordaría a sus padres tendidos en la nieve fría de Ucrania; sin mucho esfuerzo se encaramó en el pretil del puente, levantó los brazos dando un último respiro y saltó hacia la vida.

Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan

2 febrero 2012

I. El Malogrado

Thomas Bernhard en “el malogrado” logró dibujar, con el mejor trazo, la historia y decadencia de un pianista genial que se estrella con el infortunio de conocer (escuchar) y compartir años de estudio, en la Viena de la segunda postguerra, con uno de los grandes genios del piano del siglo XX: Glend Gould . La vida de Wertheimer se va a pique a partir de aquel instante trágico en que al asistir a la clase de Horowitz, el gran maestro de su época,  se encuentra con la mejor interpretación  de las variaciones Golberg de Bach que jamás haya podido escuchar y quizás la mejor interpretación nunca antes hecha.  El choque es instantáneo.  Allí está sentado Glend frente a un Steinway, digitando sus murmullos con la sutileza de un genio;  a su lado Horowitz, mirándolo, detallando cada nota, la posición de los dedos tecla a tecla, deleitándose con el sonido que producen dos simples manos.  Detrás de ellos un aula con más de 15 estudiantes de piano, todos absortos, algunos enternecidos o simplemente estáticos y desconcertados por el sonido glorioso del “Aria”, el hermoso prefacio de aquellas variaciones. Y allí está Wertheimer, Joven, con la bufanda aún puesta y el abrigo húmedo por la nieve, cerrando los ojos sosegadamente, de pie en la puerta del aula, viendo su desastre, su fracaso, la impotencia de no poder llegar a ser el mejor. Un genio derrotado por otro genio, un malogrado.  A partir de ese instante la lentitud de su vida jamás habría de ser la misma.  Glend Gould sería su amigo, si;  pero a la vez su destrucción; toda la vida vivió bajo la sombra de aquel genio, su lugar en la vida fue el segundo.  Pasaron los años.  Glend, había decidido retirarse a una cabaña cerca de Toronto en Canadá, no volvió a dar conciertos ni a entablar ningún diálogo artístico con público alguno durante más de 20 años, sólo se escucharían sus extensas grabaciones producto del trabajo diario de horas y horas frente a su piano, frente a su steinway que no pararía de tocar hasta morir.  Wertheimer en cambio prefería un Bechstein. Quizás esa era su extraña manera de hacerse diferenciar de Glend, de sentirse único.   Semanas después de la muerte de Glend, Wetheimer regaló su Bechstein  al padre de un niño que comenzaba su carrera como músico, pero al que no le veía mucho futuro y decidió partir hacia Kobernauss,  un pueblo cerca de Viena, el lugar donde vivía su hermana.  Estando próximo a llegar, Wertheimer detuvo su auto  muy cerca de un bosque, se bajó, tomó 3 metros de soga que tenía en el baúl y con la parcimonia del mundo, lanzó la cuerda al palo más sólido de un árbol, hizo un nudo corredizo, y sin pensarlo demasiado, deslizó su cabeza entre la cuerda y saltó.

Desolación de la quimera

19 enero 2012

En el transcurso del año 1956, Luis Cernuda comienza a redactar lo que sería el poemario « desolación de la quimera » .  Jaime Gil de Biedma,  uno de los grandes poetas del siglo XX tendría unos 29 años y  en su haber más de 3 libros. Yo no existía, aún no existo.   No es mi intención ahora hacer alusión alguna a este fabuloso texto de poemas, uno de los más bellos de Cernuda, ni dedicarle un pequeño trazo a eso versos lleno de dolor por la guerra y amor por la poesía, que escribía el poeta.  Para nada. La casualidad es el título, me lo trajo a la cabeza otro poema, de Jaime gil de Biedma  llamado « después de la noticia de su muerte » sobre el deceso del poeta Cernuda:

« su poesía, con la edad haciéndose

más hermosa, más seca :

mi pena resumida en un título de libro :

desolación de la quimera »

Tampoco era mi propósito llegar a ese poema, no lo busqué deliberadamente.   Los mejores poemas siempre llegan al azar; estaba releyendo -porque masoquistas y suicidas somos todos y nos gusta atormentarnos con aquellos versos que recuerdan el mundo y la vida y nuestras historias-  uno de mis poemas favoritos de Biedma “París, postal del cielo”, allí hay una historia, la de un joven que se enamora en París, y la melancolía misma de algo que nunca se concretó.

“Ahora voy a contaros,

como también yo estuve en París, y fui dichoso

Era en los buenos años de mi juventud,

Los años de abundancia

Del corazón, cuando dejar atrás padres y patria

Es sentirse más libre para siempre, y fue

En verano, aquel verano

De la huelga y las primeras canciones de Brassens,

Y de la hermosa historia

De casi amor…”

Y fue releyendo estos versos, que me llevaron a seguir pasando páginas y páginas del poemario hasta llegar  al lugar  en donde esas cuatro palabras “desolación de la quimera” me iluminaron una respuesta drástica a este último poema.  Es así que retrocedí y volví a releer.  La desolación de la quimera, es también, esa “hermosa historia/de casi amor” es estocada lúgubre de lo que quiso ser y no fue, pero que tal vez sea. La palabra quimera, que designa a un monstruo imaginario que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, también es aquello que  se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo (RAE), es decir, el monstruo imaginario de la fábula, un casi amor. Una serie de juegos casi infinitos que aclara versos, casi todos los versos.  La quimera sentimental, el suceso que nunca llegó a un final, un imaginario de lo queremos pero no lograremos  hacer.  La quimera: el amor es una quimera, la felicidad es una quimera, todo es ese monstruo que echa fuego, todo es el principio de algo, pero nunca el final.

La desolación: esta palabra que parece tan sola, tan alejada, que con sólo nombrarla oscurece la escritura, pero sin embargo y a la vez una palabra que explota  miedo y hermosura. “Eran los buenos años de mi juventud/los años de abundancia” e ahí la desolación el punto vació del poeta, la añoranza de lo que fue, la quimera que no será más.   Acaso esos versos de Gil de Biedma sobre su vida juvenil en Paris, no son versos de desolación , no son versos quiméricos?

La reflexión a la que quiero llegar, es que  los puntos de quiebre en la serpiente de la vida, no son si no quimeras, imágenes de lo que queremos ser, absurdos pasajes e ilusiones, que con el pasar de los años y con las ideas frustradas, son pasajes desoladores de lo que  no llegamos a ser.  Y no es pesimismo, o acaso hay algo de pesimismo en esos versos maravillosos de Gil de Biedma? Al contrario, la desolación de la quimera es un encuentro con la realidad, con el andar precavidos, con observar las siluetas de los días como la única respuesta a lo que somos,  que el problema de andar inventando mundos es que podemos llegar a enamorarnos.

Los fantasmas también se emborrachan

14 enero 2012

La suerte está echada. Debo dormir en este lugar en donde no quiero dormir.  El lugar está lleno de fantasmas, y a este fantasma si que le tengo miedo, pues es un fantasma muy reciente y al que aún quiero vivo. Ahora mismo lo siento robándome la manta, tratando de esconderse de mi cuerpo y queriendo descansar luego de un día de errancia por el mundo.  Pero creo que la vida es así, la convivencia con estos seres que no se ven, que no están,  pero que te siguen acompañando durante todo tu recorrido, durante toda la existencia.  Y aquí estoy yo, en esta cama, con ese fantasma a mi lado, con ese olor y con esas manos con las que se rasca la cabeza para luego dar un giro y darme la espalda. Quizás lo abrece como antes, quizas hasta me emborache con él, porque los fantasmas también se emborrachan, también creen en fantasmas, en ellos mismos. Mañana en la mañana quizás yo ya no exista para él, pero yo aún lo siga viendo.  Pero el miedo que tengo ahora, mientras lo miro dormir, con respiros suaves, como de un vivo, es morir a su lado y que él no se de cuenta, y que como en todo dolor de muerte sea tan sólo en el último suspiro, que imagine lo perdido y la agonía de no sentirlo sea la realidad de mi existencia.

Dos diálogos del viejo oeste para sentirte peor de lo que estás

5 enero 2012

 

La balada de Cable Hogue, de Sam Peckimpah. (1970)

Puta (caminando en dirección al desierto, y dirigiéndose a Cable Hogue):

« voy a estar aquí contigo un tiempo pero un día me iré al este, a buscar un marido rico, lo mataré de un infarto en la cama y volveré »…

En la mañana siguiente

Cable Hogue : “¿Por qué será que, por muchas mujeres que conozcas a lo largo de tu vida, siempre llega una que te toca en lo más hondo?”

El reverendo Joshua Duncan Sloan : “No es grave, supongo que es algo que se pasa con la muerte”.

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Los profesionales, de Richard Brooks (1966)

Plano contra plano entre Burt Lancaster y Jack Palance, en el desfiladero, Jack palance está mueriendo y le habla a su antiguo amigo.

Jack Palance: Supongo que sabes que uno de los dos tiene que  morir…

Burt Lancaster…Es posible que los dos.

J.P: …Morir por dinero es una estupidez

B.L: ..y morir por una mujer más aún, sea la mujer que sea, incluso ella…

….

B.L: La revolución? Ja! Cuando el tiroteo termine a los muerto se entierra y los políticos entran en acción, y el resultado es siempre igual, una causa perdida.

J.P: Así que tu quieres la perfección o nada. Ahh , eres demasiado romántico amigo. La revolución es como la más bella historia de amor: al principio, ella es una diosa, una causa pura, pero todos los amores tienen un terrible enemigo…

B.L. : …El tiempo

J.P.: Tu la ves tal como es.  La revolución no es una diosa sino una mujerzuela, nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa. Pero sólo son asuntos mezquinos. Lujuria, pero no amor. Pasión pero sin-compasión. Y sin un amor, sin una causa, no somos nada! … Nos quedamos porque tenemos Fé; nos marchamos porque nos desengañamos; volvemos porque nos sentimos perdidos…; morimos, porque es inevitable

El regreso

4 enero 2012

Pasé por casualidad por este blog tan jarto y me percaté que hace más de un año y medio no escribía nada. Quizás mis fieles lectores (o mi fiel lector), se hayan dado cuenta de este percance; pero siendo honestos, si ni yo mismo  me había dado cuenta, dudo que aquel visitante incauto se enterara de ese vacío de más de 12 meses de nula producción vagabunda.  Revisando las antiguas entradas, salvo una que otra, todas suelen ser escritos existenciales o romanticones realmente ñoños y aburridos, lo que justificaría no sólo la ausencia de visitas  sino también mi propia ausencia, quizás pasaba por alguna etapa de amor incorrupto o por alguno de esos días de soledad y melancolía que suelen atacar en días de invierno, como el de hoy, y que producen esa necesidad de escribir tonterías para poder dormir tranquilos sin el remordimiento de haberse pasado la tarde entera esperando encontrar un email que te invite a salir a tomar un café o simplemente a perder aún más el tiempo.   ¿Que qué produce mi regreso a este blog? pues que el twitter no deja tanto espacio para escribir pendejadas y como me salí de facebook, porque me parece que perdía más tiempo leyendo las idioteces de otros que escribiendo las mías, pues no me quedaba otro espacio en donde orinar tranquilo . Además siento como deber propio actualizar este lugar por el respeto que le debo a los lectores (al lector) que pasa por este lugar cotidianamente esperando algún nuevo producto para burlarse y seguir acrecentando mi desprestigio.  Así es, mi regreso es un hecho.  Obviaré todas las entradas anteriores, haré borrón y cuenta nueva, incluso con esta nueva entrada, y prometo no ser tan aburrido y si lo soy es porque así soy, no hay más de donde, empezaré de cero entonces y de aquí en adelante cada entrada pasada será el producto de mi grotesca vida pasada e intentaré renacer todos los días, quizás igual de grotesco pero más feo, un infinito, un fractal, un cúmulo de círculos sobre círculos, el rizoma humano (uf, que postmoderno me siento) el ridículo escrito; al final el lector no será ud., que está leyendo, seré yo mismo, es decir ud. y yo seremos la misma persona, ¿a que da miedo? Pero así es, ese es mi reto, mi propósito para esta nueva etapa del fracaso y mi idea genial de convertir a mi lector en mi mismo, un vago.

Aeropuerto Paris-beauvais

30 julio 2010

7:20 a.m. El despertador lanza su grito de guerra. Con la poca conciencia que tengo y los ojos entreabiertos, cambio la alarma. Quiero dormir!

8:00.  El despertador lanza su grito de guerra por segunda vez. No tengo más remedio que levantarme y asumir la realidad. Torpemente llego al salón, me detengo un instante, me rasco una nalga, quizás la cabeza también;  me doy vuelta. Primero tengo que ir al baño. Vuelvo al salón, enciendo el ordenador, me preparo un café, me vuelvo a rascar la nalga, quizás la cabeza también, leo las noticias, mis emails, elimino los mensajes que traen deudas sin leerlos  y me preparo para la ducha.  Veinte flexiones, me quito la ropa, cojo mi barriga, demonios! estoy hecho un gordinflón, intento 5 flexiones más, me ducho. Todo está preparado, mi mochila está bien empacada, mi pasaporte, (condenado pasaporte de un país infame) me visto lentamente, me veo más viejo en el espejo, busco otro en donde me veo más fuerte y menos calvo ¿cuántas realidades puede contener un espejo? Ya todo está listo.

9:15. Estoy en el RER, todo es un infierno, la gente se empuja, sin quererlo quedo al otro lado de la salida, mi mochila es un estorbo para todos, quizás sea uno de los hombres más odiados en ese instante, sobre todo cuando tengo que bajar, Pardon!, Pardon!, las miradas no son amables.  Dudo de la ruta que normalmente tomo para llegar a Porte Maillot, creo poder descubrir un atajo. Soy astuto.   Tomo la decisión equivocada, me bajo en Saint-Michel para acortar el camino por una ruta sospechosamente más rápida., pero no es así, el RER C está en obras. Pierdo 15 minutos, demonios! De regreso, todo se repite, las escaleras eléctricas – 50 euros vale el abono y nunca funcionan, menos mal yo nunca pago, no me puedo quejar- los corredores, el andén. Estoy de nuevo esperando el tren.  Debo aprender a no ser tan astuto cuando nunca lo he sido.

9:55.  Llego corriendo, París está nublado, gris, parece que va a llover, pero hace calor, ese calor que moja la espalda y mucho más si cargas 10 kilos sobre ella. Hay mil personas (la exageración puede ser real, jamás los conté) tengo que comprar el billete del bus, hay 5 vuelos cancelados, pregunto por el que va a  Madrid,  un dedo inquisidor me señala la lista de vuelos que no saldrán hoy, no pasa nada, todo en orden, Madrid no aparece.  Hay muchos italianos que discuten con el señor que vende lo tickets del bus.  No entiendo nada, no parecen muy contentos. El vuelo a Bari no saldrá sino hasta dentro de dos días.  Grève des contrôleurs aériens.

10:20. Estoy en el bus, rumbo a Beauvais, el aeropuerto mentira de Paris, a 1h y media. Una mierda. No puedo dormir, me pesa mucho la cabeza, siento que tengo la boca abierta, que babeo, que todos me miran.

11:42. Entro al aeropuerto, todos quieren hacer el check-in de primero, yo también.  Preparo mi pasaporte, con la mano intento que nadie vea de dónde es, llego a la ventanilla, mi mochila parece demasiado grande para el ojo de la azafata. La tengo que medir, tengo que lograr que entre en un diminuto espacio, forcejeo, al final entra, forcejeo de nuevo para sacarla, una señora me sostiene el medidor de maletas (el malemetrónomo), sin ella la misión hubiera sido más complicada. Satisfecha la azafata me devuelve mi pasaporte con el check-in realizado.

12:01. De nuevo el “malemetrónomo”, pero a la entrada de la sala de espera, esta vez  me costó más trabajo sacar mi mochila, sospecho que el “malemetrónomo” era más pequeño. Revisiones habituales, rayos X, etc, estoy dentro, lo logré, no me queda sino esperar.

13:50. Mi vuelvo debía salir a las 13:05, olvide traer un libro. Una voz de ultratumba anuncia el retraso del vuelvo, hasta las  15:40. Son las 14:49. Este ordenador arde y quema mis piernas. Estoy más aburrido que un pito.