El viaje menor III


Intentando encontrar los orígenes de mi apellido en el País Vasco Español, me crucé con una amiga que no veía hacía por lo menos 5 años; sonriente y encantadora como la recordaba me invitó a una cafetería para degustar, mientras recordábamos viejos y temerosos tiempos, los famosos pinchos Vascos. Después de una sintética mirada recordé que había estado enamorado de ella y no dudé en pagar la cuenta. Que ridículos que podemos llegar a ser cuando estamos frente a una mujer hermosa, siempre tratando de parecer lo que no se es y lo que no se sabe. A veces resulta que la mujer es lo que no parece y sabe lo que tú no sabes. En uno de los muchos restaurantes universitarios en París, creo que en Mabillon, la volví a ver y pensé no reconocerla, llevaba una mano vendada y con la otra trataba de cargar la bandeja de comida con una firmeza tal que no pude evitar pensar la fuerza que podrían tener sus dedos. Siempre la vi, pero ella nunca se animó a mirarme a pesar de habernos visto y hablado muchas veces. Amor en silencio que grita con sus torpezas. Le pregunté si le ayudada, me reconoció y respondió tiernamente que ella podía sóla, no le insistí, se sentó a unas cuantas mesas de mi. Ese día supe que jamás habría algo entre nosotros, tal vez desconocimiento. El viejo francés, me contaba, mientras pedía un vaso de vodka, que las mujeres en su país se complican la vida por cualquier cosa, en Colombia la mujer es más abierta, más tranquila y hasta más tetona. Yo nunca me casé, continuó, porque me gustan las mujeres de senos grandes, les da carácter, pero también mucho poder; bebió un sorbo de su vodka. Entrar en una biblioteca a ojear revistas o a leer el periódico durante más de 8 horas, puede ser un síntoma de tu soledad. La soledad se puede medir por el número de libros que has leído. Las mujeres te entretienen, los amigos te entretienen y muchas veces te pervierten, si es que lo pervertido puede llegar a ser perverso, y en las bibliotecas encuentras amigos y mujeres, que sin quererlo, buscan compañía para leer. Hay instantes en Lille, en los que las Campanas de la iglesia en la place de Wassemme, pueden convertirse en los instantes de soledad más nublados que puedas vivir, estás acostado, sin calefacción, envuelto en una, dos, o tres mantas, mientras permaneces en ese estado intermedio entre dormido y despierto; y cada campanada, cada estruendo, te recuerda tu cruda humanidad: solo, lejos de tu casa, en un lugar en donde no hablan tu lengua y no escuchan tus murmullos…muchas veces en voz alta. Tal vez no has querido parar de beber y ahora puedes hablar mejor y tal vez escuchar lo patético que eres cuando no eres nadie.

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