El viaje menor V (la fatiga)


Cruzo la rue du Dragon, hacia el boulevard Saint Germain, no te encuentro, no me interesa no encontrarte, pues viajo en mi más “infantil egoismo”, en mi mejor personaje, soy un desentendido, un infame que no te ve, porque la belleza es invisible y la estupidez me sobra, se me cae por todos lados como el pelo y la pereza. Perezoso y psicópata, altanero, insolente, no me acuerdo de nada ni de nadie, y si en ese movimiento de cabeza que parece ser un si, un sí enfático, seguro, doloroso, quieres decir que estás de acuerdo y que mi próxima parada en el metro será un salto para huir de ti y de la seguridad por no haber pagado el ticket del metro, pues no tengo nada que decir, sí, siempre pierdo.
Y de instantes y de noches en que debiste estar y viajabas hacia la plenitud en donde no te encontraba, en esos cafés en esos bares en donde no te pude ver, y cada luz imagina la silueta de muchas, pero ninguna como tú, silueta sin silueta, tal vez no tienes figura. Te tengo que dejar, es inevitable, pero tu me dejas primero, como siempre a la espera, a los amigos que tuvimos y a los amores que enfrentamos, todo fue lo mismo, las relaciones siempre son lo mismo, hombre mujer, hombre hombre, mujer mujer, siempre lo mismo, pero no lo veas así, que es simplemente el viaje menor del que me hablabas cuando nos encontrábamos en Paris y te pedía prestado veinte euros que jamás te devolví. Siempre hablar de una mujer en mis historias, quizá la mejor protagonista, la más inhumana, la más traicionera, la mujer de mis historias y de mis días. Calle a calle, que te pienso que te ando que te miro es la misma calle que presagiaba nuestra despedida, nuestro naufragio lento y predecible, ese naufragio solitario, era lógico perderte en Madrid o Barcelona, pero no en París, jamás en París, era lógico que ese viaje que hacíamos era torpe, loco por todos partes y todos los momentos, quien se enloquece por una mujer merece dudar de todo, de la razón, de los catastróficos zapatos que te pones. Que marcas caminos en los lados más obscuros, en los rincones en los que encuentras vacíos los momentos más cercanos y más hermosos, esos momentos en los que desapareces y pareces querer decir que te quedas, que te mueves hacia el mar, hacia ese instante que te parece perfecto, tal vez cuando nos conocimos, cuando quisimos estar juntos y mirar los sueños desde una ventana o desde el sótano de tú apartamento, pero nunca desde la cabeza, los sueños que se entristecen cuando no hay dolores cuando no hay maneras sinceras de seguir, de continuar por ese camino, por ese viaje hacia un no se donde que crea el corazón y que se entremezcla con la sabiduría de un día nublado, no hay que salir corriendo, hay que enfrentar tu mirada a un espejo y a la realidad.

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