Los fantasmas también se emborrachan

La suerte está echada. Debo dormir en este lugar en donde no quiero dormir.  El lugar está lleno de fantasmas, y a este fantasma si que le tengo miedo, pues es un fantasma muy reciente y al que aún quiero vivo. Ahora mismo lo siento robándome la manta, tratando de esconderse de mi cuerpo y queriendo descansar luego de un día de errancia por el mundo.  Pero creo que la vida es así, la convivencia con estos seres que no se ven, que no están,  pero que te siguen acompañando durante todo tu recorrido, durante toda la existencia.  Y aquí estoy yo, en esta cama, con ese fantasma a mi lado, con ese olor y con esas manos con las que se rasca la cabeza para luego dar un giro y darme la espalda. Quizás lo abrece como antes, quizas hasta me emborache con él, porque los fantasmas también se emborrachan, también creen en fantasmas, en ellos mismos. Mañana en la mañana quizás yo ya no exista para él, pero yo aún lo siga viendo.  Pero el miedo que tengo ahora, mientras lo miro dormir, con respiros suaves, como de un vivo, es morir a su lado y que él no se de cuenta, y que como en todo dolor de muerte sea tan sólo en el último suspiro, que imagine lo perdido y la agonía de no sentirlo sea la realidad de mi existencia.

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