Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan

I. El Malogrado

Thomas Bernhard en “el malogrado” logró dibujar, con el mejor trazo, la historia y decadencia de un pianista genial que se estrella con el infortunio de conocer (escuchar) y compartir años de estudio, en la Viena de la segunda postguerra, con uno de los grandes genios del piano del siglo XX: Glend Gould . La vida de Wertheimer se va a pique a partir de aquel instante trágico en que al asistir a la clase de Horowitz, el gran maestro de su época,  se encuentra con la mejor interpretación  de las variaciones Golberg de Bach que jamás haya podido escuchar y quizás la mejor interpretación nunca antes hecha.  El choque es instantáneo.  Allí está sentado Glend frente a un Steinway, digitando sus murmullos con la sutileza de un genio;  a su lado Horowitz, mirándolo, detallando cada nota, la posición de los dedos tecla a tecla, deleitándose con el sonido que producen dos simples manos.  Detrás de ellos un aula con más de 15 estudiantes de piano, todos absortos, algunos enternecidos o simplemente estáticos y desconcertados por el sonido glorioso del “Aria”, el hermoso prefacio de aquellas variaciones. Y allí está Wertheimer, Joven, con la bufanda aún puesta y el abrigo húmedo por la nieve, cerrando los ojos sosegadamente, de pie en la puerta del aula, viendo su desastre, su fracaso, la impotencia de no poder llegar a ser el mejor. Un genio derrotado por otro genio, un malogrado.  A partir de ese instante la lentitud de su vida jamás habría de ser la misma.  Glend Gould sería su amigo, si;  pero a la vez su destrucción; toda la vida vivió bajo la sombra de aquel genio, su lugar en la vida fue el segundo.  Pasaron los años.  Glend, había decidido retirarse a una cabaña cerca de Toronto en Canadá, no volvió a dar conciertos ni a entablar ningún diálogo artístico con público alguno durante más de 20 años, sólo se escucharían sus extensas grabaciones producto del trabajo diario de horas y horas frente a su piano, frente a su steinway que no pararía de tocar hasta morir.  Wertheimer en cambio prefería un Bechstein. Quizás esa era su extraña manera de hacerse diferenciar de Glend, de sentirse único.   Semanas después de la muerte de Glend, Wetheimer regaló su Bechstein  al padre de un niño que comenzaba su carrera como músico, pero al que no le veía mucho futuro y decidió partir hacia Kobernauss,  un pueblo cerca de Viena, el lugar donde vivía su hermana.  Estando próximo a llegar, Wertheimer detuvo su auto  muy cerca de un bosque, se bajó, tomó 3 metros de soga que tenía en el baúl y con la parcimonia del mundo, lanzó la cuerda al palo más sólido de un árbol, hizo un nudo corredizo, y sin pensarlo demasiado, deslizó su cabeza entre la cuerda y saltó.

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Una respuesta to “Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan”

  1. Mel Says:

    Excelente! Ya me dieron ganas de saltar a mi también. Que pluma Camilito!

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