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De la fealdad I

3 marzo 2012

Hace algunos días se llevó a cabo uno de los eventos más importantes para el mundo de la estética y la farándula. Quizás tan importante como la pasarela Cibeles en Madrid, o los desfiles de moda en París. Se trataba nada menos y nada más que del reinado de los feos en Rionegro, Antioquia.  Por segunda vez consecutiva y en un duelo fantástico, en donde hasta el último segundo se mantuvo el suspenso por quién sería el ganador, el “Carepalmada” sacó la cara y  le arrebató el título de hombre más feo del mundo a “king kong”.    La noticia, evidentemente,  me causó cierta curiosidad y cierta envida también. Porque los feos también tenemos derecho a salir del anonimato y mucho más si es a través de  un concurso de semejante trascendencia; realmente espero, con ansia, poder participar en el próximo evento y convencer a algunos amigos, que con toda seguridad también estarán interesados en proyectarse como nuevas figuras y salir de la clandestinidad, a acompañarme, o que lo diga el Carenalga y el Cabeza de puntilla, que desde acá aprovecho y les envío un gran saludo allá en esa patria de gente fea y orgullosa de serlo.

Pero bueno, tocando el tema que me interesa, que no es el concurso en si, sino el concepto del concurso, es decir, la fealdad, es interesante constatar que la belleza primero nace del reconocimiento de si mismo como feo o como bello.  Pero ¿qué es lo feo y qué es lo bello? ¿Dónde empieza lo feo y en dónde lo bello? Un feo es feo aquí y en Funza, eso si es cierto, en cambio la estigmatización es otra cosa, esa  ya no es de corte espacial, sino más bien de corte jerárquico. A partir del siglo XIX, hay un cambio importante en la elaboración estética de lo que es bello y que no proviene, precisamente, del concepto propio de belleza, que ya calaba en la cabeza de las élites de entonces, sino de una exigencia social. « Desaparecida la sociedad de castas, las apariencias se multiplican » dice el historiador  George Vigarello. Es decir, ¿por qué un feo no es reconocido socialmente, sino estigmatizado? todo lo contrario a lo que sucede con la simetría griega de los bonitos.  La respuesta es más que evidente: porque los bonitos, que son una especie privilegiada y por lo tanto minoritaria en los diferentes países, suelen volcar sobre el feo la impronta de su diferencia.   ¿Quiénes son los bonitos en países como Colombia? Pues los ricos, la clase alta es bonita y si nacen feos pues se visten bien, así funciona, a los feos nos toca conformarnos con  lograr pasar desapercibidos en medio de esa élite, con ser su punto de referencia para la diferencia.  Soy un resentido, ya lo se.

Vigarello comenta que en el diario satírico Le Charivari dice de un personaje que “sus grasas relucientes se exponen al sol sin tener conciencia del rechazo del otro”. En la revista La Vie Parisienne escriben que “la señorita X, que era la reina del baile cuando se paseaba en los salones, no es para nada bella en la playa”. Los cuerpos exhibidos, nos dice Vigarello, vituperados, se convierten en causa de burlas. Razón por la cual la presión por afinar la silueta se vuelve más persistente.  Es la burla la que obliga a los feos a querer ser bonitos. ¿Por qué? ¿Por qué un feo no tiene derecho a ser feo? Quizás sea eso lo  más interesante del concurso que vio coronarse a “carepalmada” (con sobrados atributos para llevarse la corona),  que resalta la fealdad como otra virtud, como la misma belleza, y no como algo que se oculta, que se estigmatiza, que se ataca.  Por eso proclamo: Feos y feas del mundo unios! que somos más, se los aseguro.