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Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan

21 abril 2012

III. El Azar

A Gilles Deleuze le importaba el azar.  Le interesaba escudriñar entre los trazos más nobles de la realidad, esos que no puede medir el tiempo.  He ahí su fijación por la imagen, y su adoración por la que sería su película favorita de la nouvelle vague, esa obra maestra de Éric Rohmer llamada “ma nuit chez Maud”. Allí Rohmer dibujaba, en su estructura, ese pensamiento sin imagen, en donde el tiempo y el azar son fundamentales.    Su personaje favorito era Maud, porque estaba dispuesta a jugarlo todo por amor. Maud, temerosa, pero dispuesta a todo lo posible,  invita a ese joven ingeniero, interpretado por Tringtinant, a pasar la noche con él.   Contrario a lo esperado, él se rehúsa, ¿por qué? porque Maud no representa el ideal de mujer que tiene en mente.  Eso es el azar, el riesgo del pensamiento; antes de la identidad está la diferencia y la repetición.

Deleuze dictaba sus famosos cursos en Saint Denis, en donde podía sacar de clase a un estudiante que no estuviera atento o discutir horas alrededor de una pregunta intempestiva que lo sacara de su órbita académica.  Le gustaba caminar por el bois de vincennes y sentarse en algún banco con alguno de sus estudiantes y hablar de la vida “hay vidas en las que las dificultades alcanzan el prodigio” decía; Quizás no sea una mera casualidad que su último artículo, “La inmanencia : una vida”,  tan incomprensible (para mi) como muchos otros, hablara de eso precisamente,  de la necesidad premeditada de vivir porque si, del campo trascendental, de la inmanencia del sujeto. Claramente no lo entendí.  Hablaba del hombre y su relación con las creaciones de la vida, como la escritura,  el pensamiento, la mente “ la vergüenza de ser un hombre ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir?” se preguntaba en ese breve ensayo titulado “la literatura y la vida”.  Para él eso era el hombre, una vergüenza, por eso no valía la pena vivir más allá de lo que el azar le deparara, el azar que podía acabar con el mundo, con una especie, por eso el pensamiento ( “el cerebro no es una materia enraizada ni ramificada” escribe en “mil mesetas”), por eso la imagen, por eso el delirio, ¿qué era la literatura para él? sino un delirio, el paso de la vida al lenguaje, decía.

Sus estudiantes cuentan que usaba las uñas largas, que tenía un aire desaliñado, como de detective privado; yo lo imagino como el Philip Marlowe de Raymond Chandler o como cualquiera de los “duros” detectives creados por Dashiell Hammett, como Sam Spade, con gabardina y sombrero, mirada cínica,  seductor, pero al mismo tiempo despreocupado de toda estética mundana.  Igual su imagen era otra, quizás él mismo era un ejemplo de su propia filosofía, de su propio rizoma.  No le gustaba dar conferencias en el extranjero, pero decía que desde su oficina podía viajar a cualquier lado.  El sabía que al final eso era la vida, un viaje de imágenes, de creaciones, de pensamientos.  Todo, al final,  son suposiciones; eso también es la vida.  Deleuze comentó alguna vez a uno de sus estudiantes que la única conclusión lógica de la existencia era el suicidio “el supremo gesto de rebelión contra las leyes de la necesidad”.  El 4 de noviembre de 1995, desde la ventana de su casa, en el 84 avenue Niel en el distrito 17 de París, Gilles Deleuze, a sus 70 años, convencido que carecía de sentido morir en una cama, tuvo la potencia de saltar.