LA VENTANA

1 julio 2010

La ventana desnuda que me despide con un trazo de  50 años, de 50 generaciones de imberbes, de tontos, de ciegos, y allí estaba yo, entre los tontos, los imberbes, los ciegos, allí frente a la ventana, esperando el agua, esperando el frío del nostálgico otoño y el calor del puto verano (el verano es una puta, Cuando no tienes con quien más salir) los dolores de cabeza, la ternura de miradas, de voces que me nombraron durante años, el tiempo que se escondía detrás de un viejo refrigerador que no contenía nada, nada más que mi flacura. La ventana en una ciudad con falo, dentro de otra Ciudad que esconde relatos,  narraciones vacías e itinerantes.  Esos personajes parpadeantes que se sentaron conmigo, con un café en la mano, con la soledad en el cuerpo y las ganas de hablar de nada, proyectos perdidos, cuentos mal escritos, la ventana que ardía y quemaba las palabras que escribía.  Allí en esa ventana, pasaron los días, los amores, el licor, la poesía que robaba, las noches que me empujaban a perder la cordura, esa mancha de vino en el suelo que nunca se fue, esa luz de peluquería barata que iluminaba el polvo y los ruidos confusos del miedo.  Nombres somnolientos e innombrables  que miraron por esa ventana o huyeron sin explicación. La ventana que me despertaba, escondida tras dos cortinas verdes, con el olvido que se estrellaba contra los vidrios, esa ventana perezosa que vomitó sueños y encuentros, ahora desaparece, ahora da a otro lugar.

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MADRID II: SANTA MARÍA DE LA CABEZA

17 abril 2010

El Paseo Santa María de la Cabeza que comunica el Río Manzanares con el sur de la ciudad, fue construido, junto con otros paseos aledaños (para el bienestar y ocio de los ciudadanos) por Fernando VI también llamado el Prudente o el justo, como prefieran.  Este Paseo parte en dos los barrios de Acacias y la Chopera (que alguna vez vio un molino entre sus calles “el molino de la Arganzuela) y atraviesa, tocando levemente el barrio Delicias, por Palos de Moguer hasta el barrio de Atocha, todos pertenecientes al distrito de Arganzuela.  Allí, justamente, en donde el Paseo Santa María de la Cabeza se intercepta con la ronda de Atocha, en donde ahora sobresale el monumental Museo de arte Reina Sofía que cobija, por obra y gracia de un milagro, la descomunal e inspiradora obra de Picasso “El Guernica”, a 5 min de la estación de trenes de Atocha a unos pocos paso de el mítico barrio Lavapies, vivo yo. O revivo yo en esta ciudad.  Paseo Santa María de la Cabeza Número 11; que inspirador.  Abajo,  justo antes de entrar a mi edificio, hay una cafetería Gallega en donde me he comido unos bocatas (de chorizo, pepito de ternera, baicon) y unas tortillas de patatas espectaculares.  En la recepción: el siempre y bien aventurado “Don Pedro” quizás el conserje más feliz del mundo, todo es “fenomenal” como él dice.  Esta extraña ubicación, entre tiendas baratas, peluquerías, cafeterías y restaurantes latinos,  me proporcionan placeres urbanísticos inusitados como también estéticos y vulgares.  El placer vulgar es el mejor, eso lo tenemos claro los Latino americanos. En esas tierras lo vulgar roza con lo cotidiano y por tanto es invisible.  Acá no, en este Paseo nada es invisible,  acá solo deambulamos los que vivimos.  Los guiris se quedan en ese triángulo poderoso que se crea entre el Reina Sofia, Mcdonals y el Paseo del Prado, ellos no se animan a pasar esta frontera llena de mística, de color a pueblo y de grande avenida. Pero así es, el Paseo Santa María de la Cabeza (que nombre más exótico, me suena a queso, no sé por qué) es para los valientes, para los desinteresados y poderoso caminantes de esta ciudad. Corte de pelo por menos de 10 euros, restaurantes chinos, bazares chinos, plaza de mercado, restaurantes ecuatorianos y latinos, en especial un antro-cafetería que recomiendo por su aspecto underground, en donde se pueden hacer pesquisas urbanas de alto riesgo, “la Guacatala”: de Colombia con amor; Tensión, terror y suspenso asegurado.  También encontramos sobre este paseo, una bomba de gasolina casi abandonada, un cerrajero que no abre nunca, un mendigo antillano que bebe vino en vaso, unos croissants exqusitos (calidad francesa) hechos por unos rumanos, estudiantes, un italiano, una vasca (muy seria) y una linda Aragonesa.  No podía ser sino aquí en Santa María de la Cabeza, este Aleph heterotópico (disculpen la redundancia) en donde ruedan mis días, que un Colombiano, con ganas de no serlo, podría vivir.

MADRID

11 marzo 2010

Percepción: me encuentro decadente, pero no lo soy.

He vuelto a España. He vuelto a Madrid, a Lavapies, a Malasaña, al Prado, a ver el Guernica, a San jinés, a Argumosa, a sus cafeterías sucias, a sus calles ensombrecidas llenas de voces, de ruido. He vuelo a Madrid porque he querido, porque cada vez que intento huir, regreso.  Es una maldición, no lo sé. Es por una temporada corta, me digo a mi mismo. He vuelto a Madrid y me gusta lo que veo, los mismos viejos, pero más viejos, los jóvenes, el mundo “modernillo” por el que desfilan, por el que pretenden ser europeos, el fútbol (su vida), Latinoamérica en una tienda o en una esquina, ese sol que no se esconde, Gran vía llena de pretensiones de algo que jamás pudo ser, Fuencarral que parece que no acaba y una cerveza que te moja las manos, Lavapies oscurecida con la tensión de otras vidas, un pueblo en una ciudad y una ciudad que quiere ser algo más que un pueblo.   He vuelto a Madrid y por un instante me siento en casa.  ¿Sabría la desdicha apreciar esta ciudad que  se parece a América Latina y que esconde miedos de la guerra y susurros en árabe?

En unos meses salgo de acá y estando fuera, quizás siempre me quiera ir.

Cortazar: Autour de Paris

18 enero 2010

ANATOMIA DEL SILENCIO DE LO QUE UNO SABE

16 enero 2010

Hay que callar muchas veces porque lo que se sabe puede ser peligroso o demasiado estúpido como para ser importante.  La topografía de los seres vivos, su forma, su ubicación, la disposición y la relación entre sí de los órganos que los componen, puede arrojar algo parecido a una respuesta adecuada al silencio y al saber.  Cada ser humano dentro de su arquitectura ha ido generando movimientos y censuras propias que reestablece en su cabeza y lo guarda para si: una palabra, un nombre, una fecha, un secreto.  El mapa de su cuerpo y el análisis, muchas veces tácito, que hacemos del cuerpo, de la fisionomía, de la persona con la que interactuamos (o del grupo de personas) dan cuenta de cuándo se debe callar o de cuándo ese saber que podemos tener de más, que nos sobra muchas veces, debe ser retenido o guardado, quizás para nunca jamás volver a ser utilizado.  Ahora, la pregunta real es:  Entonces ¿para qué sabemos tanto? o ¿para qué sabemos algo si nunca, sino ante grupos de especialistas, cuyos cuerpos están adaptados para captar información especializada (Muchas veces incomprensible), podremos iluminar un conversación, la más vanal, o la más compleja, con un dato que puede ser de utilidad, de referencia a una galaxia de conocimiento aún más extensa?  Ante quién debo hablar, ante quién debo callar, ante qué cuerpo, con qué fisionomía, con qué estructura, que nos de una señal, debemos silenciarnos, debemos apagarnos y simplemente omitir ese rezago que tenemos de más, algo más que un conocimiento que permite extender otro conocimiento y así infinitamente, reelaborando nuestra anatomía, nuestras señas corporales hacia algo más que un silencio que por absurdo, muchas veces es necesario.

Condición de irrealidad

20 diciembre 2009

Debería haber remedios o materiales que te alejen de la sensación de ser mísero, de tener que ocultar tu verdadera cara, o el rostro de lijilla que siempre has tenido.  Pero así funciona.  Ser extranjero es así, es cargar con un país a tus espaldas y otro adelante, poseer razones para equivocarse que nadie justifica, la sensación de ser un cobarde porque no te entienden.   Entonces es cuando llega aquel sentimiento que te hace agachar la cabeza, te hace sentir mínimo: ¿dónde están tus amigos, en dónde esta tu familia? No hay nadie cerca, hay simulacros, hay intentos.  En el extranjero, todo funciona como un simulacro, como una prueba, un ensayo de que todo puede salir bien o muy mal.  Eres exótico, eres inmigrante, eres un don nadie con quien nadie cuenta.  Tal vez no te quieran contar.  Tal vez todo ha sido un error.  Tal vez todo sea una casualidad.  Recuerdo aquel libro fabuloso de Javier Marías “Mañana en la batalla piensa en mi” que hablaba de aquellas casualidades, como que tu amante se muera delante de ti en su apartamento, una casualidad única, como estar en París o en Madrid y que sea allí en donde caiga la última bomba en una guerra que no te pertenece.  Ser extranjero tal vez sea simplemente pertenecer a un lugar en donde nadie te conozca, pero ese lugar puede ser tu propia casa, o incluso puedes conocer gente y no por eso dejas de ser extranjero o miserable o un don nadie en un punto del universo.  Lo sucesivo es lo que viene como lo irremediable es tu pasado, todos saben de donde vienes, o saben que vienes, no que vas, es en ese instante en donde se desata, de una manera melancólica y a veces hasta deprimente, tu condición  foránea, tu condición de irrealidad.  Ser extranjero es vivir es ser irreal y siempre estar inventando el mundo que tienes alrededor.  Eso es cierto.  Somos irreales.   Pero y entonces ¿en dónde está la realidad del que vive afuera?  Muchos de nosotros la dejamos  hace cierto tiempo, en ese lugar que algunos no queremos nombrar.

Poema sin nombre para un sin nombre que se parece a mi

28 octubre 2009

Hay poemas que tocan marañas, esquinas rotas del pensamiento, laterales cósmicos de la mente, poemas que tocan incertidumbres y dudas, hay poemas que desaparecen una vez leído el último verso o comenzado el primero; poemas que reaparecen con el tiempo y se quedan para siempre.  Hay otros poemas que son únicos, que son auténticos, poemas hechos a la medida de una sola persona de un sólo movimientos, de un sólo vagabundo que tal vez no merezca nada, o que lo ha hecho todo para merecerlo todo o por lo menos ha hecho algo pare merecer algo, pero que deambula buscando tristezas, contemplando vidas, holgazaneando su suerte  y aguardando por un poema, por su primer poema que cae intempestivo como una fotografía, como un reflejo del otro lado, desde ella, desde quien lo elaboró pensando en un momento, en un lugar, en una imagen, quizás borrosa, quizás tan clara que se difumina, desde ella quien ha creado 19 versos en los que me encuentro sin respuestas, simplemente en silencio, simplemente esperando por otro en el que estemos los dos.

Te recuerdo
con un libro en la mano
queriendo ser poeta
ser borracho
ser veleta
sin clavar los pies
en ningún suelo.
Te recuerdo también
con una canción
bajo el brazo
o una flor robada
entre los dedos
con los labios de café
sin chocolate amargo
y en los ojos de indio
tres dudas por cada certeza
y ojalá
las ganas de enredarte conmigo
en una noche de París.

 

En la biblioteca II

19 octubre 2009

“Mirar en la biblioteca es mirar el miedo

de quien no sabe leer”

A.P

De nuevo en la biblioteca.El número de visitantes es exponencial y catastrófico, los estudiantes regresan, algunos estudian, otros como yo inventamos la manera de escapar durante un par de minutos ( tal vez lo que dure escribiendo esto) esperando que aparezcas y que digas algo así como “ hola feo” “hola flaco” pero la inefable realidad es que no apareces.Es ese vacío que se crea ahora; yo sentado en esta biblioteca pensando en la manera de tenerte tomando té en mi habitación en la noche y de poder jugar contigo en la mañana; y tú en un lugar desconocido, tal vez haciendo la siesta después de tantas horas, tal vez charlando del mal periodismo en España, tal vez caminando o jugando con tus horquillas mientras lees algo, o tal vez, por qué no, pensando en que el pobre flaco quiere hablar contigo ytú también, pero no tienes la manera o la tecnología para hacerlo: Se te acabó el saldo del móvil, no hay Internet, el locutorio de la esquina cerró porque el dueño era ecuatoriano y con la crisis regresó a su país, te fuiste de copas y estás borracha bailando en algún bar de malasaña, tal vez en “cafeína” o simplemente tratas de comunicarte através de la energía de tu psique,mediante hondas mentales que lleguen a mi, a esta biblioteca , tal vez ¿por qué no?Telepatía.El problema es cuando ese vacío se reproduce en tu estómago y te dan ganas de llorar o de querer que el día pase como el segundo en que no estás; quieres una respuesta, la que sea, quieres saber qué pasa.Regreso a mis asuntos.Esta vez la bibliotecaria es china y ya no me mira, quizás porque no se ha dado cuenta que yo la miro.Efecto perverso. La revolución china.Hay un chico no muy lejos de donde estoy que no ha dejado de mirarme, de aspecto árabe, tal vez español, barba que parte desde sus ojos, cejas grandes y nariz ancha ¿será que le gusto? ¿Me reconoció de algún lugar? ¿habremos hablado antes? Yo no lo conozco, pero no deja de fijar, en mi, sus ojos ¿o no? quizás mire a la chica que tengo detrás, puede ser, es guapa, aunque su pelo parece sucio. ¿dónde estás? Esta biblioteca se hace infame cuando no se de ti.

Mal poema para quien se queda en Madrid

5 octubre 2009

L.

Mañana construiré una imagen tuya

– no se si te deje las gafas (las de marco rojo)

o deje tus ojos desnudos-

esa imagen sera tuya allá en Madrid,

sobre una cama o frente a un balcón

que da a la nada o a una estación de gasolina.

¿cuántas veces te dije que leer juntos

en un día de cansancio,

tras haber caminado por viejas calles en Lavapies,

haber bebido lujuria en algún bar en Malasaña

o tras inventar el día en esa habitación blanca

podía ser peligroso?

ninguna,

cerré el libro para hacer el amor

y no quise partir sin darte una última caricia;

antes de dormir me di cuenta

que estaba en París,

y que mis viejas zapatillas aún tenían rastro de barro

el que dejó la lluvia, después de dejarte en la estación.

La nostalgia del miedo

20 septiembre 2009

Me siento tan aislado que puedo palpar

la distancia entre mí y mi presencia.”

Fernando Pessoa

“…Luego de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama,
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama”.

J.Sabina

Los días traen turbulencias que ni la música o la lectura o el desparpajo de una risa pueden despejar. Hace más de una semana se fue mi heladera y compañera y en un segundo seguiré envejeciendo y tratando de entrar en la nostalgia que llega con el otoño o con cualquier noticia del otro lado de los Pirineos. La circunstancia, por alguna gracia repentina, me hizo releer muchos autores, la casualidad hizo que los tuviera a mano, a Nicanor Parra, a Jorge Teiller, García Montero (libro que robé de su biblioteca) los tomé y me los llevé a caminar hasta sentarme a leer en un banco y a detener el tiempo para no decaer. Dicen que a eso se le llama indicios de una depresión repentina, yo prefiero llamarla, nostalgia del miedo o miseria humana. Hace dos días, en una conversación con mi hermano sobre el estado de la familia y sobre la distancia de un reencuentro, me convenció para mirar algunas fotos que tenía su novia en su blog, fotos de mi familia, de algunos amigos que creí perdidos. Eran fotos de la última navidad, de su último cumpleaños, fotos de eventos sociales, con personajes que ya en mi cabeza sólo son imaginados por el recuerdo, gente que parece inmortal y los más queridos que envejecen. Pasando foto tras fotos, imagen tras imagen, esos rostros que parecían no existir, ahora se hacían vivos: el rostro de mi abuela empequeñeciendo, ella quien llegaba siempre primero al supermercado, quien traía tras de si la energía del campo (aunque siempre vivió en la ciudad) y parecía nunca agotarse y el rostro de mi tío y su pelo ahora blanco y barba con canas de abuelo, el tío que en mi cabeza aún juega fútbol, aún ataja goles para algún equipo del trabajo, ahora con su nieta, con los años que pasan y mi ausencia cada vez más indiferente. En una semana es mi cumpleaños y prefiero salir de acá, esconderme en otra ciudad que no sea París, pues en este lugar ha llegado el miedo como una carta de cobro. El miedo a que no esté ella conmigo caminando por la Rue Vavin, o por el Boulevar Saint Michel o en algún restaurante elegido al azar del momento, miedo a que ella no esté al llegar a mi casa o al lado derecho de mi cama, miedo a haberme enamorado de algo que pasará como el verano o la espera de que todo sea algo que se ha empezado a construir. Pero todo es un síntoma, es un síntoma de la distancia, la gente que quiero está lejos, está dispersa, envejece, vive, como yo vivo en esta ciudad, como yo vivo mientras escribo estas palabras o mientras ella lee el periódico a kms de mi, o mientras mi abuela se prepara una sopa o se arropa a ver televisión; hay un movimiento, un ciclo claro del que es imposible escapar, al que se reduce la existencia, ese movimiento me llega a las entrañas por no haber estado en esos fotogramas, en eso píxeles, por no estar en el recuerdo ni en la memoria de esos actos, por dejar que ella al despertar tenga el presentimiento de que puede dormir sin mi. Hace muchos años que yo me fui y aún no quiero regresar, lo decidí así, el tiempo lo decidió así. La cotidianidad del extranjero es en mi el universo, pero en la cabeza llevo todo, llevo la mirada de aquellos que están del otro lado, imagino los pasos en Madrid de ella quien camina por Fuencarral o por alguna callejuela de Malasaña o de Arganzuela visitando amigas o buscando algún buen café en donde sentarse a leer. Todo lo llevo en la cabeza, la conciencia de este segundo más, del espacio perdido con mi familia y del tiempo arrasado por la ironía de permanecer aislado en una ciudad cada vez menos ajena que consume mis días; del daño hecho a quien tanto quiero, de las ganas de verla, de los movimientos limpios para desaparecer en un libro o escribiendo poemas que nunca llegarán a ser publicados.