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Pequeñas historias de hombres y mujeres que saltan

8 febrero 2012

II. Un hombre solo

Diez días antes de que un pescador encontrara su cadáver flotando 10kms abajo del puente Mirabeau en París, Paul Celan había dejado abierta, sobre su escritorio en la habitación de la Rue Tournefort, en pleno barrio latino, una biografía de Hölderlin en la que sobresalía un pasaje subrayado: “A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón”.

Paul celan quizás siempre se sintió solo, incomprendido.  A pesar de que al final de su vida logró vivir cómodamente como lector de alemán de École Normal supérieure en París y había  adquirido cierto reconocimiento como poeta judío en toda Europa y en Israel, la soledad que llevaba adentro desde su infancia lo fue carcomiendo hasta su muerte.   Desde un comienzo tuvo que vivir bajo el sesgo de la pobreza y el rechazo. Se culpó durante toda su vida de haber dejado abandonados a sus padres, cuando en 1942 y tras el asedio nazi su madre y su padre no quisieron esconderse en una antigua fábrica para evitar la deportación.  Días después recibió una carta de su madre en donde le contaba la muerte de su padre confinado a trabajos forzosos en un campo de concentración al sur de Czernowitz, Ucrania.  Su tristeza no terminó allí, meses más tarde, mientras traducía (en el poco tiempo libre que tenía en el gueto judío) a Shakespeare del inglés al alemán, se enteró que su madre había recibido un disparo en la nuca en una de las tantas infamias que traería la guerra.

¿Qué sería, madre, estirón o llaga,

si yo también me hubiera hundido en la nieve de

Ucrania?

Escribió el poeta imaginando el dolor sobre la nieve y el momento ciego de la muerte.  Al finalizar la guerra Paul Celan atravesó toda Hungría para llegar a Viena, en donde quería despegar como escritor y traductor.  No le fue bien. Su vida de peregrinar lo llevó, entonces, a París, en donde había estado cuando era adolescente y en donde creía que  un judío como él sería mejor recibido.  Pasó hambre, frío, humillaciones, hasta que logró vivir de pequeñas traducciones y clases de idiomas, mientras trataba de que en otros países, como Alemania, su nombre empezara a sonar como poeta de los judíos.  Se casó en 1952 con Gisèle de Lestrange cuyos padres eran pertenecientes de la nobleza francesa y que jamás vieron con gran agrado que su hija se casara con un judío pobre.  Su primer hijo murió recién nacido, y la tristeza en los ojos de Celan sería de ahí en adelante ya parte de su vida.  Continuó escribiendo en Alemán, pues a pesar de que era el idioma verdugo de sus padres, era su primera lengua, la lengua de la poesía.  Pero todo, dentro de él, continuó mal, entró en un estado depresivo que lo confinó en un hospital psiquiátrico por un tiempo y en donde se separó de su familia durante más de dos años. Allí recibió toda clase de tratamientos médicos incluso los electro-chocks.   Tiempo después de aquellos turbios años,  su prestigio como escritor fue creciendo: en 1967 el Times literary Supplement se refirió a Paul Celan como “uno de los escasos grandes poetas religiosos de nuestro tiempo”. Viajó a Alemania en donde presentó sus poemas y en donde conoció a Heidegger. El autor de ¿qué significa pensar? Era uno de los grande enigmas de Paul Celan, su curiosidad por saber las razones de Heidegger para apoyar la atrocidad nazi, lo convenció de aceptar una pequeña excursión por la Selva Negra de la mano del gran filósofo.  No obtendría ninguna respuesta.  Nada le traía alegría, nada parecía llenar ese hondo precipicio que parecía su vida; ni su viaje a Israel,  que tanto anheló, ni el trozo de tarta que una mujer anciana, en Belén, le dio como obsequio, la misma tarta que en su infancia le daba su Madre.

Al llegar a París ya nada tenía sentido. Su último libro en vida “Tiempo Cercado” traslucía un aire fúnebre, la mayoría de sus poemas trataban sobre la soledad.  En una última charla, en la asociación de escritores hebreos confesó: “Creo entender lo que puede ser la soledad judía”. Salió de su casa un día en la primavera de 1970, bajó por toda la rue Tournefort, hasta llegar a la rue Gay-lussac, luego bajaría por todo el Boulevard Saint Michelle y fue bordeando el río mientras miraba el agua turbia y el horizonte de puentes que estaban por venir.  Se detuvo un instante en el quai Branly en donde se dio cuenta que había caminado por más de 40min y que su casa se encontraba ya muy lejos, también, tal vez, pensó por un instante en su esposa, en su hijo y en su vida fantasmal en Rumania y Viena.  Al llegar al puente Mirabeau que atraviesa el Sena del costado occidental de la ciudad,  miró con melancolía por última vez el río, levantó la cabeza, vio el esplendor de París, de la Tour Eiffel, quizás  también recordaría a sus padres tendidos en la nieve fría de Ucrania; sin mucho esfuerzo se encaramó en el pretil del puente, levantó los brazos dando un último respiro y saltó hacia la vida.

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